Intolerancia es un filme notablemente superior a El Nacimiento de una nación, del mismo director y estrenada un año antes. No es solo que sea una película superior, sino que es una de las pocas veces en la historia de Hollywood en que se unen los conceptos de superproducción y vanguardia. En otras palabras, es una de las pocas obras en que se destinó un presupuesto millonario enfocado a convertirse en un éxito de taquilla que, al mismo tiempo, empleaba técnicas avanzadas a su época que al público le parecerían en ocasiones casi incomprensibles. Esta curiosa combinación se debe a que en esos años Griffith era un productor independiente con presupuesto de sobras gracias al inmenso éxito de El Nacimiento de una Nación y, al mismo tiempo, un cineasta inquieto con ganas de experimentar.
El filme se convertiría ipso facto en una de las producciones más importantes e influyentes de la historia del cine, lo cual no es una mala marca viniendo de otra película que ostenta el mismo estatus, como es el caso de El Nacimiento de una Nación. Si su obra anterior había sido una película larga y épica, Intolerancia superaría tanto a ésta como a su gran precedente, la italiana Cabiria (1914): sería una obra de tres horas que además – y aquí estaba la gran innovación de Griffith – combinaría en montaje paralelo cuatro historias que sucedían en épocas totalmente distintas. El señor Griffith ya había sido en los años anteriores uno de los grandes pioneros en el uso del montaje, pero lo que hizo en Intolerancia fue llegar aún más lejos de lo que podría asimilar su público. De hecho, uno de los problemas que sufriría la película en su momento es que muchos espectadores de la época no estaban preparados para la complejidad de seguir cuatro tramas totalmente distintas a la vez y al final acababan perdiéndose, sobre todo en el clímax.
La historia contemporánea de Intolerancia estaba destinada a causar polémica. Se basaba en un terrible incidente sucedido en 1914 en Ludlow (Colorado), cuando la Guardia Nacional reprimió una huelga minera con tanta dureza que mataron a varios trabajadores y a algunas de sus mujeres e incluso niños. Aunque en el film este hecho solo era el punto de partida y Griffith no menciona directamente los nombres de los implicados, para el público de la época resultaba bastante obvia la similitud. La idea era combinar un montaje a dos niveles: por un lado dentro de las mismas historias estaba el montaje narrativo ya asimilado en la época (incluido el frenético rescate al último momento en que Griffith se había especializado), y por otro había otro tipo de montaje a nivel global que se le podía escapar más a los espectadores de la época al no tener un motivo claro a sus ojos, que era el de hacer una comparativa a lo largo de diferentes épocas de situaciones de intolerancia. Aunque existían algunos precedentes de este tipo de montaje más conceptual que narrativo no era algo a lo que estuviera acostumbrado el público.
De las 4 historias de la película hay dos que merecen especial atención:
La Madre y la Ley.
La historia contemporánea de Intolerancia estaba destinada a causar polémica. Se basaba en un terrible incidente sucedido en 1914 en Ludlow (Colorado), cuando la Guardia Nacional reprimió una huelga minera con tanta dureza que mataron a varios trabajadores y a algunas de sus mujeres e incluso niños. Aunque en el film este hecho solo era el punto de partida y Griffith no menciona directamente los nombres de los implicados, para el público de la época resultaba bastante obvia la similitud. El tema central de este episodio era cómo dos jóvenes huyen de ese pueblo minero para intentar establecerse en la ciudad como matrimonio. El marido, teniendo que mantener a su esposa y a un bebé, no encuentra trabajo, y como última alternativa se deja seducir por el mundo del crimen. Pero justo cuando decide reformarse, es detenido y encarcelado por la policía. Mientras eso sucede, unos reformistas le quitan a la madre el bebé bajo el argumento de que no puede hacerse cargo de éste.
Cuando el joven sale de la cárcel, la desgracia vuelve a cernirse sobre ellos al ser acusado injustamente de asesinato y condenado a muerte. Su mujer, desesperada, pelea por salvarlo, pero es en vano hasta que el día de la ejecución dan con la verdadera autora del crimen. Ella y el abogado deben por tanto correr a salvarle de la horca antes de que sea demasiado tarde. Otro aspecto altamente polémico era la visión tan cínica que daba del grupo de mujeres reformistas, que aunque teóricamente actúan por medios altruistas aquí Griffith consiguió convertirlas casi en antagonistas de la película.
Por otro lado, algo que resultó muy llamativo de este segmento en la época es el tono tan gris y desesperanzador de la película. Normalmente Griffith era más partidario de un tono de melodrama clásico, combinando escenas lacrimógenas con otras que servían de respiro al espectador con algún toque bondadoso o de humor. No hay prácticamente nada de eso en La Madre y la Ley, para la cual el director visitó algunas cárceles para documentarse sobre cómo recrearlas con exactitud y cómo funcionaba el proceso de ahorcamiento de un preso.
No obstante, la película está llena de detalles que son puro Griffith: la escena en que la madre pierde a su bebé y se ve su mano en el suelo cogiendo y acariciando un patuco tiene ese tono de melodrama típico de su cine, al mismo tiempo que demuestra una gran sensibilidad para transmitir las emociones de ese personaje con un gesto de su mano. Su buen hacer se nota tanto en detalles más sutiles (los planos del dueño de la mina en su despacho, que le hacen parecer una figura lejana y hostil) como en otros más obvios (el vertiginoso montaje del rescate final). En definitiva, por sí sola La Madre y la Ley ya sería un Griffith de primer nivel y de hecho años después la estrenaría de forma independiente con algún metraje que quedó fuera de Intolerancia.
La Caída de Babilonia.
Pero la historia que ha pasado a la posteridad de las cuatro que componen la película es sin duda La Caída de Babilonia, sobre todo por la espectacularidad sin precedentes de su puesta en escena.
De entrada, los gigantescos decorados que vemos en la película son a tamaño real y para moverlos había que utilizar elefantes entrenados. Eso además generó algunos problemas adicionales para poder filmarlos consiguiendo que entraran en todo el encuadre. Para ello hubo que diseñar una torre sobre raíles con un ascensor, de manera que el cámara pudiera filmar todo desde las alturas mientras se iba acercando poco a poco al escenario. Dicho travelling es uno de los más espectaculares de todo el cine mudo y aún hoy día creo que sigue impresionando no sólo por la magnitud de lo que muestra sino por la forma como fluye el movimiento.
Para conseguir los cientos de extras requeridos para las escenas de la batalla se tuvo que recurrir no solo a todos los extras disponibles en Hollywood sino a todos los hombres en paro que pudieran encontrar (y, no lo olvidemos, a cada uno de ellos se le tuvo que proveer con su vestuario adecuado). Dado que era imposible coordinar a tantas personas, Griffith se rodeó de numerosos ayudantes que tenían bajo su cargo a unos cientos de hombres, de forma que el funcionamiento del rodaje acabó asemejándose casi al de un ejército con varias jerarquías de superiores que controlan a todo el cuerpo de soldados. Uno de esos ayudantes, Monte Blue, incluso utilizaba pistolas de señalización para guiar a los hombres. Otros tuvieron que hacer lo posible para convencer a todos esos extras de llevar a cabo acciones que no parecían muy seguras durante las escenas de la batalla (en aquellos años la seguridad en los rodajes a veces dejaba mucho que desear).
Al igual que en La Madre y la Ley, para la historia de Babilonia Griffith se documentó a fondo sobre la época hasta el punto de contratar a una serie de personas cuya única finalidad durante un tiempo fue leerse todo el material publicado que hubiera sobre esa época. Estas ansias de realismo que legitimaban la película pueden verse también en algunos rótulos, que aparte de narrar la acción dan a conocer datos históricos sobre la época, algo que a día de hoy nos da una sensación incluso algo pedante. En todo caso, esas dosis de cultura no escondían la verdadera finalidad de esta obra: ser una de las más grandes producciones de la historia del cine. No es de extrañar que años después Griffith también lanzara este metraje de forma independiente con algunos planos que había filmado a posteriori
El preestreno de la película fue el 14 de agosto de 1916, utilizando un título falso (The Downfall of all Nations) y un pseudónimo para el nombre de Griffith (Dante Giulio, un guiño a los ambiciosos peplums contra los que el director quería competir), de esta manera el público acudiría a ver esa nueva película sin sospechar que era lo nuevo del director americano más importante del momento. Después de hacer unos retoques al montaje su estreno oficial llegó el 5 de septiembre. La película se distribuyó por todo lo alto con más de 3 horas de duración ( inicialmente eran 8 horas ) y un presupuesto alto para la época: 2.5 millones de dólares.
Ficha Técnica
Dirección y producción: D.W. Griffith
Año:1916. Estados Unidos
Guión: D.W. Griffith y Tod Broning
Fotografía: G.W. Bitzer
Montaje: D. W. Griffith, James Smith, Rose Smith

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